David Copperfield
David Copperfield Si alguna vez hubo un niño que sintiera un dolor sincero, ése fui yo. Pero recuerdo que, cuando me paseaba por el patio de recreo aquella tarde, mientras los demás muchachos estaban en clase, esa sensación de superioridad me reconfortaba. Cuando veía cómo me miraban disimuladamente a través de las ventanas, mientras subían las escaleras, me sentía un ser especial, y adoptaba una expresión más triste y andaba más despacio. Al final de las clases, cuando salieron y hablaron conmigo, me felicité por no mostrarme orgulloso con ellos y por prestarles exactamente la misma atención que antes.
Tenía que emprender el regreso a casa al día siguiente por la noche; pero no viajaría en la silla de posta sino en la diligencia nocturna, un pesado carruaje que todos llamaban «El granjero», y que utilizaban sobre todo los campesinos para hacer trayectos cortos. Aquel día no conté ninguna historia cuando nos acostamos, y Traddles se empeñó en prestarme su almohada. Ignoro por qué motivo consideraba aquello tan beneficioso para mí, pues ya tenía una en mi cama; pero supongo que era lo único que el pobre muchacho podía dejarme, excepto una hoja de papel repleta de esqueletos, que me entregó al despedirnos para que me sirviera de consuelo y contribuyera a la paz de mi espíritu.