David Copperfield
David Copperfield Mis pensamientos eran, sin embargo, bastante confusos; incapaces de centrar su atención en la desgracia que me acongojaba, parecían dar vueltas a su alrededor. Pensé en nuestra casa, cerrada y silenciosa; en el pequeño bebé, cada día más débil, y que, según la señora Creakle, probablemente moriría también; en la tumba de mi padre, en el cementerio cercano a nuestro hogar, y en mi madre, que yacería bajo el árbol que yo tan bien conocía. Cuando me quedé solo, me subí a una silla para mirar en el espejo si tenía los ojos muy enrojecidos y mi rostro reflejaba una gran pena. Después de algunas horas, convencido de que mis lágrimas se habían secado para siempre, empecé a cavilar sobre qué recuerdo me entristecería más cuando me acercara a casa. Pues iba a volver allí para asistir al funeral. Era como si tuviera una dignidad especial en medio de los demás alumnos, y la aflicción aumentara mi importancia.