David Copperfield

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II Empiezo a observar


Cuando vuelvo la vista atrás, las primeras imágenes que distingo con claridad entre las brumas de mi infancia son mi madre, con su hermoso cabello y su figura juvenil, y la rolliza Peggotty, con unos ojos tan negros que parecían oscurecer todo su rostro, y unas mejillas y unos brazos tan prietos y enrojecidos que no podía dejar de sorprenderme que los pájaros no los picotearan más que a las manzanas.

Creo que puedo recordar a las dos, algo alejadas entre sí, agachadas o de rodillas en el suelo, mientras yo caminaba de la una a la otra con paso vacilante. Y, aunque tal vez mi memoria me engañe, siento el tacto del dedo índice que Peggoty me ofrecía, tan rugoso y encallecido por las labores de aguja que parecía un pequeño rallador de nuez moscada.

Quizá sólo sean imaginaciones mías, pero pienso que los recuerdos pueden remontarse a los primeros años de la infancia, mucho antes de lo que creemos; de igual modo que la capacidad de observación de los niños de corta edad es maravillosa por su exactitud y precisión. Es más, estoy convencido de que casi todos los adultos que poseen esa cualidad es porque jamás la han perdido, no porque la hayan adquirido después; y así lo demuestra el hecho de que muchos de ellos sigan conservando una espontaneidad, dulzura y alegría también heredadas de su niñez.


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