David Copperfield
David Copperfield Tal vez alguien pueda pensar que me «ando con rodeos» al detenerme en estas disquisiciones, pero me gustaría precisar que en cierta medida se basan en mi propia experiencia; y si, a raíz de algo que escriba en esta narración, alguien piensa que fui un niño muy observador o que soy un hombre que conserva un vivo recuerdo de su infancia, quisiera reivindicar ambas cualidades.
Cuando, como iba diciendo, vuelvo la vista atrás, las primeras imágenes que surgen claramente entre las brumas de mi infancia son las de mi madre y Peggotty. ¿Qué más puedo rememorar? Veamos.
De la neblina surge nuestra casa, un recuerdo desde el principio muy familiar. En el piso de abajo está la cocina de Peggotty, que da al patio trasero, donde, en el centro, hay un palomar sin palomas sobre un poste y, en una esquina, una enorme caseta de perro vacía; un gran número de aves de corral, gigantescas para mí, caminan con aire fiero y amenazador. Hay un gallo que se sube a un madero para cacarear y que parece fijarse especialmente en mí cuando lo contemplo desde la ventana de la cocina; tiene un aspecto tan feroz que me hace temblar de miedo. Por las noches sueño con los gansos que, con sus largos cuellos estirados, me persiguen contoneándose por el sendero, al otro lado del postigo; de igual modo que un hombre rodeado de bestias salvajes soñaría con leones.