David Copperfield

David Copperfield

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Hay un largo pasillo –interminable para mí– que conduce de la cocina de Peggotty a la entrada principal. A él se abre una oscura despensa, ante la que paso corriendo por las noches; pues ignoro qué puede haber entre todas esas cubas, tinas y viejas cajas de té cuando nadie ilumina su interior con un débil quinqué, mientras de la puerta entreabierta sale un aire enmohecido en el que se mezclan los olores a jabón, conservas, pimienta, velas y café, todos en la misma vaharada. Recuerdo también las dos salas: el gabinete donde nos sentamos al anochecer mi madre, yo y Peggotty –pues siempre nos hace compañía cuando termina sus quehaceres y estamos solos–, y el salón que sólo usamos los domingos, más elegante pero no tan cómodo. Se trata de un lugar más bien triste para mí desde que Peggotty me contó, al parecer hace una eternidad, que fue allí donde se congregaron, con sus capas y mantos negros, los asistentes al entierro de mi padre. Un domingo por la noche, mi madre nos lee la resurrección de Lázaro. Y tengo tanto miedo que ella y Peggotty tienen que sacarme más tarde de la cama, a fin de enseñarme a través de la ventana del dormitorio el silencioso cementerio, con todos los muertos reposando en sus tumbas, bajo la majestuosa luz de la luna.




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