David Copperfield
David Copperfield »Había llegado la aurora y el sol empezaba a salir cuando me habló de lo bueno e indulgente que el señor Copperfield había sido siempre y de lo paciente que se había mostrado con ella; le había explicado, cuando ella dudaba de sí misma, que un corazón que ama era más valioso y más fuerte que toda la sabiduría del mundo, y que ella le hacía inmensamente feliz. «Peggotty, querida –susurró–, acércate más –estaba muy débil–. Coloca tu brazo debajo de mi cuello –continuó–, y vuélvete hacia mí, pues tu rostro se aleja y quiero tenerlo junto al mío». Obedecí sus deseos; y ¡ay, Davy! Había llegado el momento de que se convirtieran en realidad las palabras que pronuncié la primera vez que usted y yo nos separamos: ella se alegró de apoyar su pobre cabeza en el brazo de la vieja, gruñona y estúpida Peggotty; y murió como un niño cuando se queda dormido.