David Copperfield
David Copperfield No creo que ese descubrimiento fuera demasiado doloroso para mÃ. SeguÃa anonadado por la muerte de mi madre, y todo lo demás carecÃa de importancia. Recuerdo haber pensado, a ratos perdidos, que existÃa la posibilidad de que nadie volviera a enseñarme nada ni a preocuparse por mÃ. Tal vez me convertirÃa en un hombre andrajoso y huraño, que vagarÃa ocioso por el pueblo; aunque quizá pudiera escapar de semejante destino alejándome de allà para buscar fortuna, como el héroe de una novela. Pero sólo eran visiones pasajeras, sueños que yo tenÃa despierto; y a veces creÃa contemplarlos, levemente dibujados o escritos en la pared de mi dormitorio, para después desaparecer sin dejar huella.
–Peggotty –susurré pensativo un atardecer, mientras me calentaba las manos en el fuego de la cocina–. El señor Murdstone me quiere incluso menos que antes. Nunca le he gustado mucho; pero ahora estoy convencido de que, si pudiese, preferirÃa no verme.
–Es posible que sea su dolor –contestó ella, acariciándome el cabello.
–Yo también me siento muy afligido, Peggotty. Si creyese que ésa era la causa, ni siquiera pensarÃa en ello. Pero no es eso; no, no es eso.
–¿Y por qué está tan seguro? –inquirió, después de una pequeña pausa.