David Copperfield
David Copperfield HabÃa colocado su mano sobre mi hombro, y me obligó a dar media vuelta para que los acompañase en su paseo. No sabÃa qué contestar, asà que volvà los ojos al señor Murdstone, vacilante.
–De momento vive en casa –explicó éste–. No recibe ninguna educación. No sé qué hacer con él. Es un muchacho muy difÃcil.
Su mirada, esa mirada traicionera que yo conocÃa tan bien, se clavó un instante en mÃ; y entonces frunció el ceño y apartó sus ojos con expresión de odio.
–¡Vaya! –exclamó el señor Quinion, observándonos a los dos–. ¡Qué tiempo tan hermoso!
El silencio siguió a sus palabras y, cuando estaba pensando el mejor modo de liberar mi hombro de su mano y alejarme de allÃ, preguntó:
–Supongo que seguirá siendo un chico listo, ¿no es asÃ, Brooks?
–En efecto; inteligencia no le falta –dijo el señor Murdstone con impaciencia–. Será mejor que lo deje marchar. No le dará las gracias por preocuparse de él.
Al oÃr esto, el señor Quinion me soltó, y yo me encaminé hacia la casa. Cuando me volvÃ, en el momento de entrar en el jardÃn, vi al señor Murdstone apoyado en el portillo del cementerio, mientras conversaba con su amigo. Los dos me miraban, y tuve la sensación de que estaban hablando de mÃ.