David Copperfield
David Copperfield Me acerco ahora a un perÃodo de mi vida que jamás podré olvidar mientras me quede un ápice de memoria; su recuerdo me ha perseguido como un fantasma, sin yo invocarlo, y ha atormentado mis horas más felices.
Un dÃa en que habÃa estado paseando sin rumbo fijo, ensimismado en mis pensamientos (lo que era habitual en mÃ, dada la vida que llevaba), al doblar un sendero cerca de nuestra casa, me encontré con el señor Murdstone, acompañado de otro caballero. Me disponÃa a pasar junto a ellos, muy turbado, cuando este último gritó:
–¡Pero si es Brooks!
–No, señor; soy David Copperfield –respondÃ.
–No diga tonterÃas. Es usted Brooks –insistió el caballero–. Brooks de Sheffield. Ése es su nombre.
Mientras pronunciaba esas palabras, lo observé con mayor atención. Su risa me resultó familiar y no tardé en reconocer al señor Quinion, a quien habÃa conocido en Lowestoft, el dÃa en que el señor Murdstone me llevó allà de excursión, antes de que… Poco importa, ¿para qué remover viejos recuerdos?
–¿Cómo está, Brooks? ¿Dónde estudia? –inquirió el señor Quinion.