David Copperfield
David Copperfield Por el mismo motivo, y sin duda también a causa de la vieja aversión que sentían por ella, apenas me permitían visitar a Peggotty. Fiel a su promesa, ella venía a verme o se reunía conmigo en algún lugar cercano, una vez a la semana; y jamás llegaba con las manos vacías. Pero fueron muchas y muy amargas mis decepciones, ¡me impidieron tantas veces pasar unos días en su casa! En ocasiones, sin embargo, y muy de tarde en tarde, me permitían ir. Y entonces descubrí que el señor Barkis era algo tacaño o, como Peggotty decía respetuosamente, «un poquito agarrado», y guardaba un montón de dinero en una caja, debajo de su cama, fingiendo que sólo contenía pantalones y chaquetas. Ocultaba sus riquezas en ese cofre con tanta modestia y tenacidad que, para realizar el gasto más insignificante, había que recurrir siempre a algún ardid; de modo que Peggotty tenía que inventar largas y complicadas estratagemas, una verdadera Conspiración de la Pólvora,[19] para las compras del sábado.
Durante todo ese tiempo, fui consciente de estar desperdiciando el talento que pudiera tener, en medio de aquel abandono, y, de no haber sido por mis viejos libros, habría sido terriblemente desgraciado. Eran mi único consuelo; y fui tan leal a ellos como ellos lo fueron conmigo; los leí y los releí, he olvidado cuántas veces.