David Copperfield
David Copperfield Cuando el señor y la señorita Murdstone estaban en casa, comía con ellos; en su ausencia, lo hacía solo. Pasaba las horas vagando por las habitaciones y por el jardín, lo que les dejaba indiferentes. Pero no querían que trabara amistad con nadie, pues temían, quizá, que me quejase de ellos. Por ese motivo, aunque el señor Chillip me pedía a menudo que fuera a visitarlo (era viudo y había perdido unos años antes a su esposa, una mujer rubia y menuda, cuya imagen ha quedado ligada en mi memoria a una gatita de pelaje atigrado), rara vez tenía la felicidad de pasar una tarde en su gabinete de médico, leyendo un libro nuevo, rodeado del olor que emanaba de todos sus fármacos, o machacando algo en un mortero bajo su amable dirección.