David Copperfield
David Copperfield –Supongo que ya sabes, David, que no soy un hombre rico. En cualquier caso, vengo a confirmártelo. Has recibido hasta ahora una esmerada educación. Un internado es muy caro y, aunque no lo fuese y yo pudiera costearlo, tengo el convencimiento de que no serÃa lo mejor para ti. En este mundo, la vida es una lucha y cuanto antes comiences, mejor.
Creo que pensé que hacÃa ya tiempo que habÃa empezado; y si no, lo pienso ahora.
–¿Has oÃdo hablar de nuestra empresa? –preguntó el señor Murdstone.
–¿De su empresa, señor? –repetÃ.
–Murdstone y Grinby, comerciantes de vino.
Debió de leer en mi rostro la incertidumbre, pues se apresuró a decir:
–¿Has oÃdo hablar de la empresa, del negocio, de las bodegas, del muelle o de algo parecido?
–Creo que del negocio, señor –contesté, recordando lo poco que sabÃa de sus ingresos y de los de su hermana–. Pero ignoro cuándo.
–Eso carece de importancia –respondió–. El señor Quinion es quien lo dirige.
Lancé una mirada respetuosa a éste, que continuaba admirando el paisaje desde la ventana.
–El señor Quinion dice que varios muchachos trabajan allà y que no hay ninguna razón que te impida entrar en las mismas condiciones que ellos.