David Copperfield
David Copperfield –Puesto que no parece tener ninguna otra perspectiva, Murdstone –comentó el señor Quinion, en voz baja y dándose media vuelta.
–Ganarás lo suficiente para pagar la comida y la bebida, asà como los pequeños gastos –prosiguió el señor Murdstone con gesto impaciente, casi airado–. Yo me ocuparé de tu alojamiento (que ya he concertado) y del lavado de tu ropa…
–Y yo tendré cuidado de que sus precios no sean excesivos –añadió su hermana.
–También te compraré las prendas de vestir –dijo el señor Murdstone–, ya que aún no estás en condiciones de atender ese gasto. De modo que ahora te irás a Londres con el señor Quinion, David, para empezar a vivir por tu cuenta.
–En pocas palabras, tienes un empleo –afirmó su hermana–; y espero que te dignes cumplir con tu deber.
Aunque me di cuenta de que lo único que pretendÃan era deshacerse de mÃ, soy incapaz de recordar si me sentà dichoso o asustado. Supongo que estaba tan confuso que oscilaba entre esos dos sentimientos, sin llegar a decantarme por ninguno. Y tampoco tuve mucho tiempo para aclarar mis ideas, pues el señor Quinion se marchaba al dÃa siguiente.