David Copperfield
David Copperfield Heme aquí la mañana de nuestra partida, con mi viejo sombrerito blanco, rodeado de un crespón negro en señal de luto por mi madre, con una chaqueta negra y unos pantalones de dura y gruesa pana, que la señorita Murdstone consideraba la mejor armadura para mis piernas en esa lucha con el mundo que me disponía a iniciar. Imaginadme así vestido, con lo poco que poseía dentro de un pequeño baúl, solo y desamparado (como hubiera dicho la señora Gummidge), en la silla de posta que conducía al señor Quinion hasta Yarmouth, donde tomaría la diligencia de Londres. Nuestra casa y la iglesia van disminuyendo en la distancia; la tumba al pie del árbol desaparece, pues otros objetos se interponen; la aguja del campanario deja de señalar el lugar donde yo jugaba, y el cielo queda desierto.