David Copperfield
David Copperfield Éramos tres o cuatro, incluyéndome a mí. Mi lugar estaba en un rincón del almacén, donde el señor Quinion podía verme siempre que lo deseaba, subiéndose al travesaño inferior del taburete que tenía en su despacho y mirando por el cristal que había encima de su mesa. Fue allí donde conocí, la mañana de mi llegada (cuando, con tan buenos auspicios, empezaba a vivir por mi cuenta), al muchacho más antiguo de Murdstone y Grinby, a quien encargaron que me enseñase mi trabajo. Se llamaba Mick Walker y llevaba un delantal andrajoso y un gorro de papel. Me contó que su padre tenía una barcaza y desfilaba con un sombrero de terciopelo negro en la fiesta del señor alcalde. También me dijo que nuestro principal compañero de trabajo sería otro niño, que me presentó con el extraño apelativo de Patata Enharinada. Descubrí, sin embargo, que ése no era su nombre de pila, sino un apodo que le habían puesto en el almacén, a causa de su tez pálida como la harina. El padre de Patata Enharinada era aguador, además de tener el honor de ser bombero en uno de los teatros más grandes de la ciudad; donde una joven familiar de nuestro amigo –creo que su hermana menor– hacía el papel de duende en las pantomimas.