David Copperfield
David Copperfield Era tan joven e inexperto, y estaba tan poco preparado (¿cómo podía ser de otro modo?) para tomar las riendas de mi propia vida que, a menudo, cuando me dirigía a Murdstone y Grinby por las mañanas, no podía resistir la tentación de comprarme los dulces ya pasados, que vendían a mitad de precio en las puertas de las pastelerías, y me gastaba en ellos el dinero del almuerzo. Entonces me quedaba sin comer, o compraba un panecillo o un pedazo de budín. Me acuerdo de dos tiendas donde vendían budín, que yo frecuentaba alternativamente, según el estado de mis finanzas. La primera, que ya no existe, estaba situada en una pequeña plaza cerca de la iglesia de San Martín, en la parte trasera de ésta. Su especialidad era el budín de grosellas, delicioso pero muy caro, pues la misma porción que en otros lugares valía un penique, allí costaba dos. La segunda era un buen establecimiento para comprar budines más corrientes y se encontraba en el Strand, en uno de los edificios que más tarde fueron reconstruidos. Era un budín pálido, compacto, soso e indigesto, con enormes pasas muy espaciadas. Todos los días acababa de salir del horno cuando yo pasaba, y con frecuencia se convertía en mi almuerzo. Cuando hacía una comida digna de ese nombre, ésta consistía en una salchicha seca y un pan de un penique, o un plato de carne de buey de cuatro peniques que compraba en una casa de comidas; o pan con queso y un vaso de cerveza, de una miserable taberna que había enfrente de nuestro almacén, y que todos llamaban El León o El León y No-sé-qué; lo he olvidado. Recuerdo un día en que me llevé mi pan debajo del brazo (lo había traído desde casa), envuelto en un trozo de papel, como si fuera un libro, y me fui solo a una casa muy famosa por su estofado de vaca alamode, cerca de Drury Lane, donde pedí un «pequeño plato» de esa exquisitez para acompañarlo. Ignoro qué pensaría el camarero de aquella extraña y diminuta aparición; pero aún puedo ver cómo me miraba con asombro mientras comía, y cómo llamó a su compañero para que no se perdiera la escena. Le di medio penique de propina, y ojalá no lo hubiera aceptado.