David Copperfield
David Copperfield Pasaba mis horas libres en aquel hogar y con aquella familia. Me veía obligado a comprar mi propio desayuno, que consistía en un penique de pan y otro de leche. Para cenar, cuando volvía del trabajo, guardaba un pequeño panecillo con un poquito de queso en un estante especial de una alacena especial. Eso reducía los seis o siete chelines, lo sé muy bien; y estaba todo el día en el almacén, y tenía que mantenerme toda la semana con aquel dinero. Desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche, nadie me daba consejos, ni me infundía ánimos, ni me ofrecía consuelo, apoyo o ayuda. ¡Y eso es tan cierto como mi esperanza de ir al Cielo!