David Copperfield
David Copperfield Y, como tampoco éstos surtían efecto, a veces cruzaba la calle y gritaba enfurecido mirando hacia las ventanas del segundo piso, donde sabía que se encontraba el señor Micawber. Mientras tanto, éste parecía sumirse en la desesperación y llegaba incluso a amenazar con cortarse el cuello con una navaja de afeitar (me enteré en una ocasión, al oír los gritos de su mujer); pero, media hora después, sacaba brillo a sus zapatos con gran esmero y se marchaba, tarareando una canción, con un aire más distinguido que nunca. La señora Micawber era tan acomodaticia como él. La he visto perder el conocimiento a las tres de la tarde, porque venía el recaudador de impuestos, y comer chuletas de cordero empanadas y beber cerveza tibia (compradas después de empeñar dos cucharillas de té) a las cuatro. Cierto día en que embargaron la casa y yo regresé casualmente antes de lo habitual, a las seis en punto, la encontré tendida en el suelo (con uno de los gemelos, por supuesto), desvanecida a los pies de la chimenea, con los cabellos cubriéndole el rostro; y, sin embargo, jamás la he visto tan contenta como aquella misma noche, saboreando sus costillas de ternera delante del fuego de la cocina, mientras me contaba historias de su papá y de su mamá, así como de la gente con la que solían alternar.