David Copperfield

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¡Pobre señora Micawber! Aseguraba haberlo intentado todo; y sin duda era cierto. En la puerta de la calle había una gran placa de bronce donde podía leerse: «Internado para señoritas de la señora Micawber». Pero nunca supe de ninguna joven que hubiera acudido a recibir lecciones; de ninguna joven que hubiese entrado allí, o tuviera intención de hacerlo. Y jamás se hizo el menor preparativo para recibir a una de esas señoritas. Los únicos visitantes que vi y oí en aquella casa fueron los acreedores. Solían venir a todas horas, y algunos parecían furiosos. Un hombre con la cara muy sucia, zapatero, según creo, acostumbraba a ponerse en el pasillo de entrada a las siete de la mañana, y vociferaba por las escaleras:

–¡Vamos, Micawber! Sé que no ha salido todavía. ¿Quiere pagarnos de una vez? No se esconda, es una ruindad. Si yo fuese usted, no me comportaría así. ¿Es que no piensa pagarnos? ¡Vamos, páguenos de una vez!

Al ver que sus reproches no obtenían respuesta, su ira aumentaba y pasaba a los insultos:

–¡Estafadores! ¡Ladrones!


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