David Copperfield
David Copperfield –Dos peniques y medio –contestó–; es el precio de la cerveza «Auténtico Prodigio».
–Entonces –exclamé yo, sacando el dinero–, sÃrvame una jarra de ella, con mucha espuma.
El tabernero me miró de arriba abajo, por encima de la barra, con una extraña sonrisa en los labios; y, en lugar de darme la cerveza, miró detrás de una mampara y comentó algo a su mujer. Ésta apareció con su labor en la mano, y se puso también a examinarme. TodavÃa me parece vernos a los tres. El tabernero en mangas de camisa, apoyado en el marco de la ventana; su mujer mirando por encima del mostrador; y yo, bastante desconcertado, contemplándolos desde el otro lado. Me hicieron muchas preguntas: cómo me llamaba, qué edad tenÃa, dónde vivÃa, cuál era mi empleo y cómo habÃa llegado allÃ.
Para no comprometer a nadie, me temo que inventé las respuestas más oportunas. Me sirvieron la cerveza, aunque sospecho que no era la «Auténtico Prodigio»; y la esposa del tabernero, abriendo la tapa del mostrador, me devolvió el dinero y me dio un beso, entre admirada y compasiva. Estoy seguro de que puso en él toda su ternura.