David Copperfield
David Copperfield Yo tenÃa en el bolsillo dos o tres chelines de mi paga semanal (por lo que deduzco que debÃa de ser un miércoles por la noche); me apresuré a sacarlos y, con sincera emoción, rogué a la señora Micawber que los aceptara como un préstamo. Pero ella me besó y me obligó a guardarlos de nuevo, asegurando que no podÃa consentirlo.
–No, mi querido señor Copperfield –añadió–, ¡nada más lejos de mi pensamiento! Pero tiene usted más discernimiento que cualquier joven de su edad y, si lo desea, puede prestarme otro servicio por el que le estaré muy agradecida.
Pedà a la señora Micawber que me dijese cuál era.
–Yo me he desprendido ya de la vajilla –replicó–. He empeñado personalmente, sin que nadie se entere, seis cucharillas de té, dos de sal y unas pinzas de azúcar. Pero estoy muy atareada con los gemelos; y, cuando recuerdo la vida que llevaba con papá y con mamá, estas transacciones me resultan muy dolorosas. TodavÃa me quedan algunas bagatelas de las que podrÃamos desprendernos. El señor Micawber serÃa incapaz de deshacerse de ellas, sufrirÃa demasiado; y Clickett, la muchacha del hospicio, es tan vulgar que, si yo le hiciera demasiadas confidencias, se tomarÃa unas libertades que me resultarÃan muy dolorosas. Señor Copperfield, si pudiera pedirle…