David Copperfield
David Copperfield Entre esas personas y yo se estableció una curiosa camaraderÃa, originada, supongo, por nuestras circunstancias respectivas, a pesar de la cómica disparidad de nuestras edades. Sin embargo, jamás consentà que me invitaran a comer o a beber (conociendo sus desavenencias con el carnicero y con el panadero, y que apenas tenÃan lo necesario), hasta que la señora Micawber me abrió su corazón. Y lo hizo una noche, de la manera siguiente:
–Señor Copperfield –dijo la señora Micawber–, como le considero casi un miembro de la familia, le diré que las dificultades del señor Micawber están a punto de hacer crisis.
Me entristeció mucho oÃr aquello, y miré los ojos enrojecidos de la señora Micawber con la máxima condolencia.
–Si exceptuamos la corteza de un queso holandés, que no sirve para satisfacer las necesidades de unos niños –afirmó–, no queda absolutamente nada en nuestra despensa. Cuando yo vivÃa con papá y con mamá, acostumbraba a hablar de la despensa de forma casi inconsciente. Lo que quiero decir es que no hay nada que comer en casa.
–¡Santo Dios! –exclamé, muy alarmado.