David Copperfield
David Copperfield El primer domingo tras su detención, fui a visitarlo y a almorzar con él. Tuve que preguntar el camino, y me explicaron que, justo antes de llegar, encontraría otro edificio, y muy cerca de éste, un patio que debía cruzar, antes de seguir recto hasta encontrar a un vigilante. Seguí todas esas indicaciones; y, cuando por fin di con él (¡pobre de mí! ¡Era tan pequeño!), recordé que Roderick Random, durante su estancia en la cárcel por deudas, había visto a un hombre que sólo cubría su cuerpo con una vieja manta. Y el corazón me latía tan fuerte que sólo percibí una imagen borrosa del carcelero.
El señor Micawber me esperaba al otro lado de la puerta; subimos a su habitación (en el penúltimo piso) y lloramos mucho juntos. Me suplicó que aprendiese de sus errores; y que no olvidara jamás que, si un hombre tenía una renta anual de veinte libras y gastaba diecinueve libras, diecinueve chelines y medio penique, sería feliz, pero si gastaba veintiuna libras, sería muy desgraciado. Acto seguido, me pidió prestado un chelín para comprar cerveza negra, redactó un pagaré para que la señora Micawber me abonara dicha cantidad, guardó el pañuelo en su bolsillo y recuperó el buen humor.