David Copperfield

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Nos sentamos junto a un pequeño fuego, con dos ladrillos bajo una oxidada parrilla, uno a cada lado, para no consumir demasiado carbón; hasta que otro condenado por deudas, que compartía alojamiento con el señor Micawber, llegó de la panadería con las chuletas que íbamos a comer. Después me enviaron a la habitación del «capitán Hopkins», en el piso de arriba, para saludarle de parte del señor Micawber, explicarle que yo era un joven amigo suyo y rogarle que me prestara un cuchillo y un tenedor.

El capitán Hopkins me dejó los cubiertos, presentando también sus respetos al señor Micawber. En su pequeño cuarto, había una mujer muy sucia y dos niñas pálidas y flacas con los cabellos despeinados. Pensé que era mejor pedirle el cuchillo y el tenedor que el peine. El propio capitán tenía un aspecto de lo más desaliñado, con sus enormes bigotes y un viejísimo gabán de color marrón, sin más ropa de abrigo debajo. Vi su colchón enrollado en un rincón; y todos sus platos, fuentes y pucheros, encima de un estante; y adiviné (¡Dios sabe cómo!) que, aunque las dos niñas de las greñas eran hijas suyas, la señora sucia no estaba casada con él. Me quedé tímidamente en el umbral, dos minutos como mucho; pero volví a bajar las escaleras tan seguro de lo que acabo de escribir, como que el cuchillo y el tenedor estaban en mi mano.


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