David Copperfield
David Copperfield Ignoro cómo se vendieron los muebles en beneficio de la familia, o quién se ocupó de ello; sólo sé que no fui yo. En cualquier caso, se llevaron todo en un carro de mudanzas, excepto la cama, unas pocas sillas y la mesa de la cocina. Con estas pertenencias, la señora Micawber, los niños, la joven huérfana y yo acampamos, si así puede llamarse, en los dos salones vacíos de Windsor Terrace; y vivíamos en aquellas estancias noche y día. No recuerdo cuánto duró esa situación, aunque creo que bastante tiempo. Finalmente, la señora Micawber decidió trasladarse a la prisión, donde su marido había conseguido un cuarto para él solo. Entregué, pues, la llave de la casa a su propietario, que se puso muy contento de recuperarla; y enviamos todas las camas a King’s Bench, a excepción de la mía. Alquilé una pequeña habitación en las cercanías de esa institución, lo que me alegró sobremanera, pues los Micawber y yo estábamos demasiado habituados a vivir juntos y a compartir nuestras desgracias para separarnos. También la joven huérfana encontró un alojamiento muy barato en la vecindad. El mío era una tranquila buhardilla, en la parte trasera de un inmueble, con el techo inclinado y bonitas vistas a un almacén de madera. Y, cuando tomé posesión de él, pensando que por fin las dificultades del señor Micawber habían hecho crisis, me pareció un verdadero paraíso.