David Copperfield
David Copperfield En mis idas y venidas diarias de Southwark a Blackfriars, y en mi deambular a la hora del almuerzo por calles oscuras –cuyas piedras aún hoy, por lo que sé, pueden conservar huellas de mis pasos infantiles–, ¡me asombro de cuánta gente necesitada componÃa aquella multitud que volvÃa a desfilar ante mÃ, al oÃr el eco de la voz del capitán Hopkins! Cuando mis pensamientos vuelven ahora a la lenta agonÃa de mi juventud, ¡me asombro de cuántas historias de las que yo inventé sobre aquella gente flotan como una bruma de fantasÃa por encima de los hechos que recuerdo con exactitud! Y cuando vuelvo a pisar aquel viejo suelo, ¡no me asombra que me parezca ver, andando delante de mÃ, a un niño inocente y soñador, al que compadezco, y que va creando un mundo imaginario a partir de tan extrañas experiencias y tantas cosas sórdidas!