David Copperfield

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Un día después, todavía muy nervioso por la decisión que acababa de tomar, constaté que la señora Micawber no había hablado a la ligera de su partida. Mis amigos arrendaron por una semana una habitación en la casa donde me hospedaba; al finalizar dicho plazo, viajarían a Plymouth. El señor Micawber se acercó personalmente al despacho del señor Quinion, por la tarde, para comunicarle que no podría seguir ocupándose de mí después de su marcha, y para darle los mejores informes, como sin duda yo merecía. Y el señor Quinion llamó a Tipp, el carretero, que era un hombre casado y tenía una habitación para alquilar, y le dijo que me hospedaría en su casa, dando por sentado que los dos estaríamos de acuerdo; yo no despegué los labios, aunque mi resolución estaba tomada.

Durante aquel último plazo de nuestra convivencia, pasé mis veladas con el señor y con la señora Micawber, todos bajo el mismo techo; y creo que nuestro cariño aumentó con el paso de los días. El domingo, víspera de su marcha, me invitaron a almorzar; y comimos lomo de cerdo con salsa de manzanas y budín. La noche anterior yo había comprado, como regalo de despedida, un caballo tordo de madera para el pequeño Wilkins Micawber (que era el niño) y una muñeca para la pequeña Emma. También había entregado un chelín a la pobre huérfana, que estaba a punto de perder su trabajo.


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