David Copperfield
David Copperfield Me había acostumbrado hasta tal punto a la compañía de los Micawber, había estado tan cerca de ellos en sus amarguras y estaba tan solo en el mundo, que la perspectiva de ser trasladado a un nuevo alojamiento, entre desconocidos, era como si me abandonaran a mi suerte en un mundo que la experiencia me había enseñado a conocer. Todos los elevados sentimientos que aquella existencia había herido cruelmente, toda la vergüenza y el sufrimiento que albergaba en mi pecho se hicieron tan dolorosos que llegué a la conclusión de que aquella vida era intolerable.
Sabía muy bien que no existía la menor esperanza de escapar de ella, a menos que yo tomara la iniciativa. Rara vez tenía noticias de la señorita Murdstone, y nunca de su hermano; pero el señor Quinion había recibido dos o tres paquetes de ropa nueva o remendada para mí, acompañados de un pedazo de papel donde podía leerse que J.M. confiaba en que D.C. realizara bien su trabajo y cumpliera con su deber… Nada que permitiera entrever que algún día dejaría de ser el vulgar peón en que rápidamente me estaba convirtiendo.