David Copperfield

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El señor Micawber me apretó la mano, soltó un quejido y empezó a llorar. Me sentí muy conmovido, aunque también decepcionado, pues siempre había creído que nos sentiríamos muy dichosos en tan feliz ocasión, ¡llevábamos tanto tiempo esperando que llegara! Pero supongo que el señor y la señora Micawber estaban tan habituados a sus viejas dificultades que tenían la impresión de ser unos naúfragos, ahora que se veían libres de ellas. Toda la ductilidad de su carácter había desaparecido, y nunca me parecieron tan desgraciados como esa noche; y, cuando sonó la campana, y el señor Micawber me acompañó a la salida y se despidió de mí con una bendición, estaba tan afligido que tuve miedo de dejarlo solo.

Pero, en medio de la confusión y del desánimo en que nos habíamos sumido, de un modo tan inesperado para mí, comprendí con claridad que el señor Micawber y su familia se disponían a abandonar Londres, y que nuestra separación era inminente. Y fue aquella noche, en el camino de vuelta a casa y durante las horas que pasé en mi lecho sin poder conciliar el sueño, cuando se me ocurrió una idea (ignoro cómo me vino al pensamiento) que acabó convirtiéndose en una firme determinación.



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