David Copperfield

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El señor Micawber se sintió tan emocionado ante esa prueba de afecto (en cuanto a mí, estaba deshecho en llanto) que se inclinó sobre ella apasionadamente, suplicándole que lo mirara y se tranquilizase. Sin embargo, cuanto más le pedía que levantara la vista, más se extraviaba su mirada; y cuanto más le pedía que se calmase, más nerviosa parecía. En consecuencia, el señor Micawber no tardó en sentirse tan abrumado que unió sus lágrimas a las de la señora Micawber y a las mías; hasta que me rogó que sacara una silla al descansillo, mientras él acostaba a su mujer. Yo hubiera querido despedirme ya aquella noche, pero él se negó a dejarme marchar hasta que sonara la campana de las visitas. De modo que me senté junto a la ventana de la escalera, hasta que él salió con otra silla y se quedó conmigo.

–¿Cómo está la señora Micawber? –pregunté.

–Muy alicaída –respondió su marido, moviendo la cabeza–; es la reacción. ¡Ah! ¡Qué día tan terrible! Y ahora estamos solos en el mundo, y no nos queda nada…




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