David Copperfield

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–El señor Micawber tiene sus defectos. No niego que sea un hombre poco previsor, ni que me haya ocultado tanto sus ingresos como sus deudas –agregó, mirando la pared–; pero ¡jamás lo abandonaré!

La señora Micawber había ido elevando la voz, y sus últimas palabras eran ya verdaderos gritos; me asusté tanto que corrí a la habitación donde se reunía el club e interrumpí al señor Micawber, que presidía una larga mesa y cantaba más fuerte que nadie:

¡Arre, Dobbin

Arre, Dobbin

Arre, Dobbin

Arre, arre ya!

Cuando le expliqué que su mujer se hallaba en un estado alarmante, rompió a llorar y se apresuró a venir conmigo, con el chaleco salpicado de cabezas y colas de los camarones que había estado comiendo.

–¡Emma, ángel mío! –exclamó el señor Micawber, mientras entraba corriendo en el cuarto–. ¿Qué ocurre?

–Jamás te abandonaré, Micawber –respondió ella.

–¡Vida mía! –dijo el señor Micawber, estrechándola en sus brazos–. Lo sé muy bien.

–¡Es el padre de mis hijos! ¡El padre de mis gemelos! ¡El esposo de mi alma! –gritó la señora Micawber, forcejeando–. ¡Jamás lo abandonaré!


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