David Copperfield
David Copperfield –De mucho talento –repitió–. Mi familia piensa que, con una recomendación, un hombre de sus cualidades podrÃa encontrar empleo en la Administración de Aduanas. Como mi familia es muy influyente en la región, desea que el señor Micawber se traslade a Plymouth. Dicen que es indispensable que viva allÃ.
–¿Para estar preparado? –exclamé.
–En efecto. Para estar preparado… en caso de que surja alguna oportunidad.
–¿Y usted le acompañará, señora?
Los acontecimientos del dÃa, combinados con los gemelos y quizá también con el ponche, habÃan destrozado los nervios de la señora Micawber, que me contestó llorando:
–Jamás abandonaré a mi marido. Es posible que en un principio me ocultara sus dificultades, pero tal vez su carácter optimista le indujo a creer que podrÃa superarlas. Sé que vendimos el collar de perlas y las pulseras que habÃa heredado de mamá a la mitad de su valor; y el aderezo de coral, regalo de boda de papá, prácticamente lo regalamos. Pero jamás abandonaré a mi marido. ¡Jamás! –sollozó la señora Micawber, más agitada que antes–. ¡Jamás lo haré! ¡Es inútil que me lo pidan!
Me sentà muy incómodo; parecÃa como si la señora Micawber hubiera creÃdo que yo le proponÃa semejante cosa. La miré con inquietud.