David Copperfield
David Copperfield He dicho anteriormente que no sé cómo me vino a la cabeza aquella idea tan desesperada. Pero, una vez en ella, decidió instalarse; y se afianzó de tal manera que se convirtió en la determinación más firme que haya tomado jamás. No recuerdo haber puesto demasiadas esperanzas en mi plan, pero estaba decidido a llevarlo a cabo.
Desde la noche en que se me había ocurrido semejante idea, que me impidió dormir, había dado vueltas y más vueltas al viejo relato que contaba mi pobre madre sobre mi nacimiento; lo conocía de memoria, pues escucharlo de sus labios había sido una de mis mayores alegrías. Mi tía aparecía y desaparecía de la historia, como un personaje aterrador; pero había en su conducta una particularidad en la que me gustaba recrearme y que me hacía concebir alguna esperanza. Era incapaz de olvidar que mi madre había tenido la sensación de que la señorita Betsey le acariciaba el cabello con cierta ternura; y, aunque podría haber sido sólo una fantasía, sin el menor fundamento, me gustaba imaginar que la visión de aquella belleza inocente –que yo tan bien recordaba y tanto amaba– había enternecido su corazón. Y este episodio dulcificaba el resto del relato. Es posible que llevara mucho tiempo dormido en mi cabeza, y hubiese ido engendrando poco a poco mi determinación.