David Copperfield
David Copperfield Creo que, mientras la señora Micawber se sentaba en la parte trasera de la diligencia con sus hijos, y yo aguardaba en el camino contemplándolos con tristeza, se le cayó la venda de los ojos y vio por primera vez lo pequeño que yo era en realidad. Y lo creo porque me hizo señas para que me encaramase al carruaje, con una expresión nueva y muy maternal en el rostro, y me rodeó con sus brazos y me besó, como habría podido besar a uno de sus hijos. Tuve el tiempo justo para saltar al suelo antes de que la diligencia se pusiera en marcha, y apenas pude ver a mis amigos, por culpa de los pañuelos que agitaban. Desaparecieron en un instante. La joven huérfana y yo nos quedamos en medio de la carretera, mirándonos con expresión ausente; luego nos estrechamos la mano y nos despedimos. Supongo que ella regresó al hospicio de San Lucas, mientras yo me dirigía a mi tedioso trabajo en Murdstone y Grinby.
Pero no tenía intención de pasar muchas más jornadas allí. No. Había decidido escapar. Huir de la ciudad, como fuera, para contarle mi amarga historia al único pariente que tenía en el mundo, a mi tía, la señorita Betsey.