David Copperfield
David Copperfield El señor Dolloby (o al menos ése era el nombre que figuraba en el exterior) cogió el chaleco, apoyó su pipa boca abajo en una de las jambas de la puerta y entró en la tienda, seguido de mí; despabiló las dos velas con sus dedos, extendió la prenda sobre el mostrador y la contempló; la puso a contraluz, y volvió a contemplarla.
–¿Y qué le parece justo por este pequeño chaleco? –preguntó, finalmente.
–Será mejor que lo diga usted, señor –respondí con modestia.
–No puedo ser comprador y vendedor al mismo tiempo –señaló el señor Dolloby–. Póngale un precio.
–¿Dieciocho peniques serían…? –insinué, después de alguna vacilación.
El señor Dolloby lo dobló de nuevo y me lo devolvió.
–Si le diera nueve peniques por él, estaría robando a mi familia –exclamó.