David Copperfield

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El sueño se apoderó de mí como de tantos otros desgraciados sin hogar a los que se cerraban las puertas de las casas y a los que ladraban los perros. Y soñé que dormía en mi vieja cama del internado, y que hablaba con los muchachos de mi dormitorio; y me desperté sobresaltado, con el nombre de Steerforth en los labios, mirando asustado las estrellas que brillaban y titilaban encima de mí. Cuando recordé dónde me encontraba a una hora tan intempestiva, me levanté y eché a andar, temeroso no sé de qué. Pero el resplandor cada vez más débil de las estrellas y la pálida luz que anunciaba el nuevo día me tranquilizaron; y, como me caía de sueño, me acosté de nuevo y me quedé dormido (aunque sin perder la sensación de que hacía frío), hasta que los tibios rayos del sol y la campana que levantaba a los muchachos en Salem House me despertaron. Si hubiera tenido la menor esperanza de encontrar a Steerforth allí, me habría quedado escondido hasta verlo aparecer solo; pero estaba convencido de que hacía mucho tiempo que había dejado el internado. Quizá Traddles siguiera allí, pero era muy poco probable; y, aunque estaba seguro de su bondad, no confiaba lo bastante en su discreción o en su buena suerte, para sentir deseos de contarle mi situación. Así, pues, me alejé sigilosamente, mientras los muchachos del señor Creakle se desperezaban, y cogí el largo camino polvoriento que conocía como la carretera de Dover desde los tiempos en que yo también estudiaba allí; ¡qué poco había sospechado entonces que alguien me vería viajar de ese modo por ella!


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