David Copperfield

David Copperfield

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¡Qué mañana de domingo tan distinta a las que había pasado antaño en Yarmouth! Mientras avanzaba lentamente, oí tocar las campanas de las iglesias, me crucé con las buenas gentes que se dirigían a ellas, pasé por delante de uno o dos lugares donde los fieles estaban reunidos; y el rumor de sus cánticos salía a la luz del sol, mientras el sacristán tomaba el fresco, sentado a la sombra del porche o bajo las ramas de un tejo, con la mano en la frente, lanzando una mirada furiosa a mi paso. Pero se respiraba la paz y el sosiego de las antiguas mañanas de domingo en todas partes, excepto en mi corazón. Ésa era la diferencia. Me sentí como un maleante, sucio y polvoriento, con el cabello enmarañado. De no haber sido por el recuerdo de mi madre, tan joven y tan hermosa, llorando junto al fuego de la chimenea, y de mi tía, enterneciéndose al verla, no creo que hubiera tenido el coraje de continuar hasta el día siguiente. Pero esa imagen iba siempre por delante de mí, y yo la seguía.







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