David Copperfield

David Copperfield

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Aquel domingo caminé veintitrés millas, aunque con dificultad, pues no estaba acostumbrado a semejante esfuerzo. Todavía puedo verme, al caer la noche, atravesando el puente de Rochester, extenuado y con los pies doloridos, mientras devoraba el pan que había comprado para la cena. Había sentido la tentación de entrar en dos o tres pequeñas casas donde se leía: «Habitaciones para viajeros»; pero temía gastar los escasos peniques que me quedaban, y me inspiraba aún más terror el aspecto siniestro de los caminantes con que me había cruzado. No busqué, pues, otro cobijo que el del cielo. Cuando logré, no sin esfuerzo, llegar a Chatham (un lugar fantasmagórico en medio de la noche, con puentes levadizos y barcos sin mástiles y con techos que recordaban el arca de Noé, sobre un río fangoso), me deslicé hasta una especie de fortificación cubierta de hierba, desde la que se dominaba un sendero por el que iba y venía un centinela. Allí me tumbé, cerca de un cañón; y dormí profundamente hasta el amanecer, contento de oír los pasos del vigilante, aunque éste ignorara mi presencia de igual modo que lo habían hecho los muchachos de Salem House.





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