David Copperfield

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La modestia que me caracteriza me llevó a fijarme en las tiendas de efectos navales y en las que presentaban cierto parecido con la del señor Dolloby, y a olvidar las normales. Finalmente, descubrí una con un aspecto que me pareció muy prometedor, en la esquina de una sucia callejuela, que terminaba en un cercado repleto de ortigas, y en cuyas estacas se balanceaban algunas ropas usadas de marinero, que parecían haberse desbordado del interior de la tienda, entre fusiles herrumbrosos, cunas, gorros de tela encerados y algunas bandejas llenas de tal cantidad de llaves roñosas de todos los tamaños, que parecían bastar para abrir todas las puertas del mundo.

Era una tienda pequeña y de techo muy bajo, ensombrecida más que iluminada por un ventanuco donde colgaban algunas prendas. Después de bajar unos peldaños, entré con el corazón palpitante. Mi temor aumentó cuando un horrible viejo, de barba hirsuta y gris, salió precipitadamente de un sucio cuchitril y me agarró del pelo. Su aspecto era terrorífico, con aquel mugriento chaleco de franela, y olía espantosamente a ron. Una colcha andrajosa y arrugada –fabricada con retales– cubría su cama en el interior del sucio cuchitril, donde otra pequeña ventana dejaba ver un campo de ortigas y un burro cojo.



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