David Copperfield

David Copperfield

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–¿Qué quiere? –gimió el viejo, con expresión feroz–. ¡Ay, mis ojos! ¡Ay, mis brazos y mis piernas! ¿Qué quiere? ¡Ay, mis pulmones y mi hígado! ¿Qué quiere? ¡Ay, gorú, gorú!

Me aterrorizaron de tal modo sus palabras, y sobre todo la repetición de esta última, que además de ser desconocida para mí era como un estertor en su garganta, que fui incapaz de contestar. El anciano, que seguía sin soltarme los cabellos, se apresuró a repetir:

–¿Qué es lo que quiere? ¡Ay, mis ojos! ¡Ay, mis brazos y mis piernas! Pero ¿qué quiere? ¡Ay, gorú! –y pareció costarle tanto pronunciar esa palabra que los ojos se le salieron de las órbitas.

–Quería saber –respondí nervioso– si me compraría una chaqueta.

–¡Veamos la chaqueta! –gritó el viejo–. ¡Ay, me arde el corazón! ¡Muéstremela! ¡Ay, mis ojos! ¡Ay, mis brazos y mis piernas! ¡Saque la chaqueta!

Y retiró de mi pelo sus manos temblorosas, que parecían las garras de un gran pájaro; y se colocó unos lentes que no mejoraron el aspecto de sus ojos inflamados.

–¡Ay! ¿Cuánto quiere por la chaqueta? –exclamó, después de examinarla–. ¡Ay, gorú! ¿Cuánto quiere por la chaqueta?

–Media corona –contesté, sobreponiéndome.


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