David Copperfield
David Copperfield –¡Ay, mis pulmones y mi hÃgado! –se quejó el viejo–. ¡No! ¡Ay, mis ojos! ¡No! ¡Ay, mis brazos y mis piernas! ¡No! Dieciocho peniques. ¡Gorú!
Cada vez que soltaba esta exclamación, parecÃa que iban a saltársele los ojos; y pronunciaba todas las frases con el mismo soniquete, que se asemejaba al de una ráfaga de viento, que empieza suavemente y sopla cada vez más fuerte, hasta aminorar de nuevo.
–Está bien –repliqué, contento por haber cerrado el trato–. Aceptaré los dieciocho peniques.
–¡Ay, mi hÃgado! –gritó el viejo, arrojando la chaqueta encima de un estante–. ¡Salga de la tienda! ¡Ay, mis pulmones! ¡Salga de la tienda! ¡Ay, mis brazos y mis piernas! ¡Gorú! No me pida dinero; hagamos un trueque.
Nunca he estado tan asustado en toda mi vida, ni antes ni después. Le dije humildemente que necesitaba dinero, y que ninguna otra cosa me resultarÃa de utilidad, pero que esperarÃa fuera, si lo deseaba, pues no deseaba meterle prisa. De modo que salà y me senté a la sombra, en una esquina. Y estuve tantas horas allà que la sombra se convirtió en sol, y el sol se convirtió nuevamente en sombra, y yo seguÃa sentado esperando el dinero.