David Copperfield

David Copperfield

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Esta aventura me asustó de tal modo que, a partir de entonces, cada vez que veía acercarse a un desconocido, retrocedía hasta encontrar un escondite, y me ocultaba allí hasta que desaparecía de mi vista; y, al repetir tantas veces esta maniobra, mi viaje se retrasó seriamente. Pero en todas mis dificultades parecía sostenerme y guiarme la imagen de mi madre en su juventud, tal como era antes de que yo viniese al mundo. Siempre me acompañaba. Estaba allí, en medio de los campos de lúpulo, cuando me tendía en el suelo para dormir. Seguía conmigo por la mañana, al despertar; y caminaba delante de mí toda la jornada. Desde entonces, su recuerdo está asociado en mi memoria a las calles soleadas de Canterbury, que parecían dormitar bajo un sol abrasador; al espectáculo de las viejas casas y sus verjas, de la majestuosa catedral de piedra gris, y de los grajos que volaban alrededor de sus torres. Cuando llegué, finalmente, a las pequeñas y desnudas colinas cercanas a Dover, la imagen de mi madre me ayudó a no perder la esperanza en medio de aquel paisaje tan desolador; y no me abandonó hasta que alcancé el primer objetivo importante de mi viaje, y pisé la ciudad, seis días después de mi huida. Pero en ese momento, cosa extraña, cuando me vi –con los zapatos destrozados, polvoriento, quemado por el sol y medio desnudo– en el lugar que tanto había deseado alcanzar, ésta pareció desvanecerse como en un sueño y dejarme solo, indefenso y muy abatido.


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