David Copperfield
David Copperfield –¡Cómo! ¿Qué significa esto? –exclamó el hojalatero, contemplándome con tanta severidad que temà que hubiera visto las monedas que llevaba en el bolsillo.
–¡Señor! –balbucÃ.
–¿Qué significa esto? –repitió–. ¿Por qué lleva el pañuelo de seda de mi hermano? ¡Démelo ahora mismo!
Y en un instante me lo quitó del cuello y se lo tiró a la mujer.
Ésta rompió a reÃr, como si fuera una broma y, arrojándomelo de nuevo, me hizo una señal con la cabeza, tan imperceptible como antes, y me indicó moviendo los labios que me marchara. Antes de que yo pudiera obedecerla, sin embargo, el hojalatero me arrebató el pañuelo de la mano con tanta brutalidad que me derribó como si fuera una pluma; y, después de anudárselo al cuello, se volvió hacia la mujer lanzando un juramento y la tiró al suelo de un puñetazo. Jamás olvidaré lo que sentà al verla caer de espaldas sobre las piedras de la carretera, donde quedó tendida sin su sombrero, con los cabellos cubiertos de polvo; ni cuando me volvà a mirarla desde lejos, y la vi sentada en un pequeño declive, al borde del camino, enjugándose la sangre de su rostro con un extremo del chal, mientras él seguÃa adelante.