David Copperfield
David Copperfield Me pareció más prudente obedecerle. Mientras me acercaba a él, intentando que se apiadara de mÃ, me percaté de que la mujer tenÃa un ojo morado.
–¿Dónde se dirige? –preguntó el hojalatero, agarrando la pechera de mi camisa con su mano ennegrecida.
–A Dover –respondÃ.
–¿De dónde viene? –inquirió, cogiendo con más fuerza mi camisa para impedirme escapar.
–De Londres.
–¿Y a qué se dedica? –quiso saber–. ¿No será un pequeño ratero?
–N… no –contesté.
–¿Que no? ¡Maldita sea! Como presuma de honrado conmigo, le romperé la cabeza –aseguró el hojalatero.
Hizo ademán de pegarme con la mano libre, y luego me miró de arriba abajo.
–¿Lleva encima dinero para una pinta de cerveza? –preguntó–. Si es asÃ, démelo en seguida, antes de que se lo quite.
Estoy seguro de que se lo habrÃa entregado, de no haberme encontrado con la mirada de la mujer, que me hizo un gesto imperceptible con la cabeza y dijo «no» con un simple movimiento de sus labios.
–Soy muy pobre –afirmé, tratando de sonreÃr–, y no tengo dinero.