David Copperfield
David Copperfield Pasé la noche bajo otro almiar, donde descansé cómodamente, después de haber lavado en un arroyo las ampollas de mis pies, que envolví lo mejor que pude con algunas hojas frescas. Cuando volví a ponerme en camino, al día siguiente, vi que la carretera serpenteaba entre huertos y campos de lúpulo. Como la estación estaba bastante avanzada, las manzanas maduras teñían los huertos de color rojizo; y en algunos lugares había empezado la recolección. Todo me pareció muy hermoso, y decidí dormir aquella noche en los campos de lúpulo, convencido de que las largas hileras de palos donde las hojas se enroscaban serían una alegre compañía.
Aquel día, los hombres con quienes me crucé me parecieron más peligrosos que nunca, y me inspiraron un terror que continúa fresco en mi memoria. Algunos de ellos, rufianes de aspecto feroz, me observaban fijamente cuando pasaba a su lado; y a veces se detenían, y me pedían que regresara y hablase con ellos; y, cuando yo me escabullía, me arrojaban piedras. Me acuerdo de un joven –hojalatero, supongo, a juzgar por su morral y su hornillo– que iba acompañado de una mujer: volvió su rostro hacia mí y, después de contemplarme un buen rato, me gritó que retrocediera con una voz tan estentórea que me detuve y le miré.
–Acérquese cuando le llamen –exclamó el hojalatero–, si no quiere que le corte el cuello.