David Copperfield
David Copperfield –¡Ay, mis ojos! ¡Ay, mis brazos y mis piernas! –exclamó, asomando su horrible cabeza por la puerta de la tienda, tras un largo intervalo–. ¿Se marchará con dos peniques más?
–No puedo –contesté–; morirÃa de hambre.
–¡Ay, mis pulmones y mi hÃgado! ¿Y con tres peniques?
–Me marcharÃa sin pedirle nada, si pudiera –dije–, pero necesito terriblemente ese dinero.
–¡Ay, gorú! –es imposible explicar el modo en que proferÃa esa exclamación, medio escondido tras la jamba de la puerta, asomando únicamente su rostro viejo y astuto–. ¿Se marchará con cuatro peniques más?
Estaba tan maltrecho y agotado que acepté su oferta; y, cogiendo tembloroso el dinero de sus garras, me marché poco antes de que oscureciera, más hambriento y sediento que nunca. Pero recuperé en seguida mis fuerzas, tras el desembolso de tres peniques; y, mucho más animado, caminé siete millas cojeando.