David Copperfield
David Copperfield Aquellos gritos, asà como las continuas ofertas de prestarle un cuchillo para que rasgara el colchón, irritaron tanto al viejo que pasó la jornada persiguiendo a los niños, mientras éstos huÃan de él. A veces, cegado por la ira, me confundÃa con uno de ellos y venÃa hacia mÃ, al tiempo que gesticulaba como si fuese a hacerme pedazos. Entonces recordaba quién era, justo a tiempo, entraba de nuevo en la tienda y se echaba en su cama –o eso parecÃa por el sonido de su voz–, entonando a gritos La muerte de Nelson e intercalando un «¡Ay!» delante de cada verso, asà como innumerables «¡Gorú!», siempre con aquel soniquete que tanto recordaba al quejido del viento. Para colmo de males, los niños creyeron que yo tenÃa algo que ver con su establecimiento, debido a la paciencia y a la perseverancia con que esperaba fuera, a medio vestir, y me tiraron piedras y no cesaron de maltratarme en todo el dÃa.
El viejo intentó varias veces convencerme de que hiciera un cambio con él: salió con una caña de pescar, con un violÃn, con un sombrero de tres picos y con una flauta. Pero resistà todas sus propuestas; y seguà allÃ, desesperado, suplicándole con lágrimas en los ojos que me diera la chaqueta o el dinero. Finalmente, empezó a pagarme de medio en medio penique; y pasaron dos horas antes de que llegásemos a un chelÃn.