David Copperfield

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Había pasado toda la mañana con esas pesquisas, y estaba sentado en los escalones de una tienda vacía, en una esquina cercana a la plaza del mercado, pensando si debía andar a la ventura hasta las otras poblaciones de las que me había hablado Peggotty, cuando un cochero pasó junto a mí y se le cayó la manta del caballo. Al devolvérsela, la expresión bondadosa de su rostro me animó a preguntarle si conocía el lugar de residencia de la señorita Trotwood; aunque había repetido esas palabras tantas veces que casi murieron en mis labios.

–¿Trotwood? –exclamó–. Déjeme pensar. Me suena ese nombre. ¿Es una dama de edad avanzada?

–Sí –respondí–. Bastante mayor.

–¿Y anda muy erguida? –dijo, poniéndose derecho.

–Sí –contesté–. No me extrañaría nada.

–¿Y lleva un bolso… un bolso muy grande, y es un poco gruñona y trata a la gente con brusquedad?

Se me encogió el corazón al oír una descripción tan exacta de mi tía.

–Pues bien. Si sube por ese camino –dijo, señalando con el látigo hacia las colinas–, y continúa derecho hasta unas casas que dan al mar, creo que le será fácil encontrarla. En mi opinión, no le dará nada, así que tome este penique.


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