David Copperfield
David Copperfield Acepté agradecido su regalo y me compré un panecillo con él. Mientras lo devoraba, seguà la dirección que mi amigo me habÃa indicado, y anduve un buen trecho sin llegar a las casas de las que habÃa hablado. Finalmente, las divisé; y, cuando estuve muy cerca de ellas, entré en una pequeña tienda (donde vendÃan las cosas más variadas) y pregunté si alguien serÃa tan amable de decirme dónde vivÃa la señorita Trotwood. Me dirigà a un hombre que estaba detrás del mostrador, pesando un poco de arroz para una joven; pero esta última pareció darse por aludida y se volvió hacia mÃ.
–¿Mi señora? –exclamó–. ¿Y qué quiere de ella, muchacho?
–Por favor, tengo que hablarle –repliqué.
–Para pedirle limosna, ¿no?
–De ningún modo –protesté.
Pero de pronto me percaté de que, en realidad, ése era mi único objetivo, asà que me callé, confuso, y sentà cómo me ruborizaba.