David Copperfield
David Copperfield La criada de mi tía, según deduje por sus palabras, guardó el arroz en una pequeña cesta y salió de la tienda, diciendo que fuese tras ella si deseaba saber dónde vivía la señorita Trotwood. No necesité que me lo repitiera, a pesar de que estaba tan nervioso y desesperado que se me doblaban las piernas. Seguí a la joven, y no tardamos en llegar a una casita muy hermosa, con alegres ventanales; tenía delante un pequeño patio cubierto de grava y un diminuto jardín, cuyas flores, amorosamente cuidadas, exhalaban un perfume delicioso.
–Ésa es la casa de la señorita Trotwood –señaló la joven–. Ya sabe dónde está; no tengo nada más que decirle.
Y, después de pronunciar estas palabras, se apresuró a entrar en la casa, como si quisiera eludir cualquier responsabilidad por mi presencia; y me dejó en la entrada del jardín, mirando desconsolado por encima de la verja hacia la ventana de la sala, donde una cortina de muselina entreabierta, una enorme pantalla o abanico verde sujeto al alféizar de la ventana, una mesa pequeña y una silla de gran tamaño, me empujaron a pensar que mi tía quizá estuviera allí sentada, de pésimo humor.